sábado, 7 de noviembre de 2009

OPINION: Lic. Eugenio Albrecht

Descomposición social

Es muy delicado hablar de la descomposición social que actualmente vivimos en los diferentes sectores y que muchas veces lleva a nuestros jóvenes y las familias a tomar decisiones o tener actitudes que no siempre se encaminan a situaciones sanas y productivas. Digo esto, porque es muy cómoda una posición de observar a quienes protagonizan determinadas situaciones de violencia (como el alcoholismo, el abandono de hogar, la drogadicción, etc) y caer sobre ellos con todo el peso de la crítica despiadada. Esto es bastante común, inclusive de parte de algunos medios de comunicación. Hacer esto es mirar la realidad con un solo ojo.


Deberíamos preguntarnos entonces por qué se dan estas miradas tan parcializadas, ¿Por qué se mira la realidad con un solo ojo?.

La primera explicación que encuentro es la falta de conocimiento y el prejuicio. No son pocos los casos de las personas que ni siquiera logran visualizar estas situaciones como parte de una problemática más amplia y cierran el tema en culpabilizar a los protagonistas. Esta es una situación más que cómoda, ya que al encontrar los culpables, dejamos por solucionada la cuestión, o al menos cerrada. La segunda explicación en la que se cae cotidianamente, consiste en la mirada que observa esa parte de la realidad, emite juicio, condena y propone una solución desde su punto de vista, pero no se involucra más allá del comentario. Esta mirada es casi tan violenta como las propias actitudes de quienes criticamos por estar alcoholizados, drogados o protagonizar riñas callejeras.

Ahora bien, tratando de responder a mi pregunta anterior, creo que la mirada parcial que condena al violento y no a la estructura que lo genera, tiene que ver básicamente con una cuestión instintiva, casi un acto fallido que consiste en luchar contra algo que no queremos, sin involucrarnos o hacer algo para que eso cambie.

Responder a esta cuestión nos pone en una situación bastante incómoda. Porque puede llegar a entenderse que uno tiene la propuesta justa y la verdad indiscutible. Lejos de esto, quiero simplemente esbozar algunos conceptos que surgen del análisis y el pensamiento desde la óptica de fe protestante.

Es bastante común hablar de la violencia de nuestra sociedad.
Yo en cambio prefiero denominarla de “descomposición social”. Porque la violencia automáticamente encasilla y coloca en un espacio que llama “irrecuperable” a quienes necesita encasillar, es decir los “violentos”. En cambio hablar de la descomposición social, nos da el desafío de plantear la violencia como un problema más amplio, que forma parte de la comunidad y que de algún modo la descompone.

Entonces el desafío de la sociedad es justamente ir buscando los caminos para volver a componer ciertas cuestiones desestructuradas y desintegradas.

Hablar de la descomposición social que lleva a la toma de decisiones equivocadas, que dañan la propia integridad, como así también la de otros semejantes, implica hablar de una serie de factores estructurales y que forman parte de lo cotidiano. A continuación un breve análisis de algunos de ellos.

Desde el campo a la ciudad, el peregrinaje de la muerte y la desolación
Si hablamos de la descomposición social, en primer lugar debemos dar una mirada a la historia reciente de nuestra provincia de Misiones, lo que nos va a permitir encontrar una línea transversal que nos habla de una nueva conformación de sociedad, en la cual las chacras están quedando vacías y las ciudades (Posadas, Oberá, Eldorado, para nombrar las más importantes) cada vez más pobladas. Lamentablemente no ha habido políticas oficiales capaces de contener a la gente en la colonia. Alguna de esa gente, tuvo la suerte de encontrar una nueva forma de vida en la ciudad, haciendo lo posible para adaptarse. Pero este no es el caso de la gran mayoría, que no sólo no se pudo adaptar, sino que además se encontró con una realidad que le es totalmente ajena, agresiva e inhóspita. Las redes de solidaridad innatas y naturales de la colonia (en la que un vecino se preocupa naturalmente por el otro y lo contiene de un modo casi instintivo) no existen en la ciudad.

Uno entonces podría preguntar ¿Por qué la gente no se queda en la chacra?.
Un análisis simplista y acotado diría que “no se queda porque no quiere”, pero la situación es bastante más profunda. Yo prefiero hablar de la actual migración campo-ciudad como una expulsión. Esto se desarrolla a veces sutilmente, de modo tal que pueden parecer retiros voluntarios, pero en el fondo no es otra cosa que una expulsión. Esta semana, en el programa radial que compartimos en Oberá por una FM local, mantuve un diálogo con el ex obispo Joaquin Piña y con él analizábamos esta situación. Terminamos diciendo que la gente se va de las chacras porque los hombres y las mujeres que antes vivían de la tierra tienen que irse para dejarle lugar a los pinos.
Parece una humorada, pero es la lamentable realidad.
Es el modelo actual de explotación agropecuario misionero (que va más allá del pino y se extiende a grandes compañías internacionales, que a través de aliados locales utilizan a los colonos misioneros como su mano de obra barata). Esto nos está conduciendo lentamente a la muerte. Estamos envenenado irremediablemente nuestros cursos de agua y a nuestros hijos y destruyendo lo poco que queda de nuestro ecosistema. Esto se hace más grave aún, cuando sabemos que estas explotaciones solamente benefician a unos pocos, poquísimos dueños de los reales recursos y medios.
Podemos caer en la cuenta que para aquellos hombres, mujeres, jóvenes y niños que deben enfrentar ese duro proceso, vivir esa realidad es vivir casi en el “sin sentido” cotidiano.

Neoliberalismo, el desguace social

La década de los noventa ha sido un punto de inflexión para nuestro país y así también para toda Latinoamérica. Si hasta ese momento existían redes sociales y esfuerzo compartido en lo social, con la llegada de la política denominada neoliberal, esto se vio fuertemente afectado. Las decisiones políticas tomadas, favorecieron el ingreso de grandes empresas multinacionales europeas y norteamericanas. Se les abrió no solo la posibilidad de ingresar con sus propuestas productivas, sino que además se les concedió grandes regalías para que se establecieran en el país. Se les permitió hacer aquí, lo que es sus países les está prohibido.

Así, comenzaron a desarrollar la explotación y con ello se fue modificando las costumbres y las redes solidarias que aún se mantenían presentes en la colonia. Un ejemplo claro de esto tiene que ver con el cultivo del tabaco: los colonos casi no tienen contacto entre sí y todo se limita al trato que mantienen con el “instructor”. No logran intercambiar producción y materiales, están obligados a adquirir los insumos a la empresa para la que trabajan, simplemente para citar algunas cosas. La muestra más descarnada de este cambio de rol y de función del hombre misionero de la chacra, radica en la simple denominación que se les da a ellos: para esas empresas ellos ya no se llaman “colonos” o “campesinos”, sino “productores tabacaleros”. Esto nos indica con crueldad y crudeza, lo que realmente le interesa: que estos hombres, mujeres y niños, ¡produzcan!.

Si bien este es el ejemplo que acabo de citar es el más fuerte y cercano a nosotros, el neoliberalismo no se limita simplemente a eso. También se caracterizó en tanto que se arrasó con los bienes del Estado, entregando en manos de unos pocos privados, recursos tan importantes como el petróleo, la energía, los medios de comunicación y ciertos recursos productivos. En el plano educativo produjo la brecha más importante: las escuelas privadas se jerarquizaron aún más, mientras que prácticamente se desmanteló el sistema de educación pública. Con esto se generó una brecha aún mayor entre ricos y pobres, o bien entre los que pueden acceder a una educación arancelada y quienes no. Si bien es cierto que en los últimos años la educación pública se ha jerarquizado en algún sentido, las consecuencias de las decisiones tomadas adrede en la década de los noventa y principios del 2.000 se seguirán viendo en jóvenes semianalfabetos y con ello las consecuencias que esto genera. Un pueblo que no tiene educación y formación escolar es un pueblo que no piensa y por lo tanto no siempre logra tomar decisiones que se encaminen a la construcción, o a su desarrollo en medio de una sociedad altamente competitiva.

Comprenderemos que esto también lleva lentamente a una alienación de la persona y de la familia. El esfuerzo personal y laboral no alcanza para darle sentido a la vida. Más de una vez, el sin sentido se vive en lo cotidiano.

La sociedad líquida

Zygmunt Bauman es un autor y estudioso social polaco contemporáneo que analiza la sociedad de nuestra época, posterior inclusive al Neoliberalismo, o al menos la que tiene que vivir con las consecuencias y el tendal que fue dejando esta etapa política, económica y social en todo el mundo. En ese sentido Bauman define a nuestra sociedad como una sociedad líquida. ¿En qué sentido?. Los líquidos no son uniformes y se transforman todo el tiempo. Van cambiando, fluyen. Este autor toma esa imagen para identificar y ejemplificar el modo de vivir que se observa en nuestro tiempo, en nuestra sociedad, según él una modernidad líquida, con amores líquidos.
Esto último refiere a la fragilidad de los vínculos humanos, que se establecen, penden de un hilo y ante el menor “trastabilleo”, se rompen para recomenzar de nuevo (esto alcanza la vida de pareja y también el mundo de los amigos y las relaciones en general).
Además hay un miedo inconsciente por establecer relaciones duraderas. Según el autor, la solidaridad más de una vez parecen depender de los lazos que se generan y de lo que con ello se podrá obtener, mientras que el amor al prójimo, uno de los fundamentos de la vida civilizada y de la moral, se ha distorsionado de tal manera que a veces hasta se llega a temer a los extraños. Aunque por otro lado existe la tremenda contradicción, porque cada vez es más difícil establecer afectos y lazos de amistad. Un ejemplo de la liquidez de la amistad podemos observar por ejemplo en las relaciones virtuales (a través de Internet básicamente) que año tras año pasan a ocupar un espacio cada vez más importante en el terreno de las relaciones humanas. De esa manera se tiene al amigo o a la amiga, a medida de la necesidad y en caso de no necesitar más de él o ella, se corta por lo sano y no se lo vuelve a contactar.

En la sociedad líquida, todas las relaciones se establecen y están impregnadas por un sentido comercial y se miden en costos y beneficios. Cada relación que se establece se pasa primero por la medida de cuánto se gana y cuánto se pierde con ella.

Según Bauman, en este nuevo estilo de sociedad no hay pautas estables ni tampoco límites establecidos. La medida la establece cada uno. Esto lo podemos observar constantemente y en especial en las generaciones más jóvenes, en las cuales ya casi nada es atractivo. Muchos procesos se adelantan, se queman etapas y se entra en la inmediatez de todo: se quiere todo ¡ya! y solamente en la medida en que cada uno lo considera válido. En caso de que no guste lo que hemos recibido o la contra propuesta que se esta ofreciendo, se toma inmediatamente otro rumbo. Parece que la lucha por la búsqueda y los ideales han quedado en el pasado.
Podemos entender que el sentido de la vida en sociedad ha cambiado, se fue modificando.
Las relaciones se han vuelto frágiles y por lo tanto para muchos es muy difícil encontrar contención.

Podemos hacer ciertos análisis que nos ayuden a entender de modo general que nuestra realidad como sociedad misionera, es parte de este mundo que va cambiando. De todos modos, la descomposición social que vivimos y que muchas veces lleva a cierta violencia que hacíamos referencia al principio (riñas callejeras, intercambio de insultos ante el más mínimo estímulo, alcoholismo, drogadicción, etc.) y cierta ruptura de vínculos (abandono de hogar de parte de niños y adolescentes, entre otros) tiende y contribuye simplemente a la degradación de la dignidad humana. Este análisis pretende simplemente ser un aporte que ayude a pensar en las realidades puntuales que viven los diferentes sectores de nuestra sociedad misionera. La del campo que se va despoblando y lleva al sin sentido a los que se quedaron sin nada. La de la ciudad que se encuentra con un sin número de realidades nuevas y que muchas veces no la sabe manejar y también cae en el sin sentido. El peligro radica justamente en acostumbrarse en vivir desde ese sin sentido.

Ahora bien ¿Qué aporte pueden hacer las iglesias? ¿Qué se puede hacer desde la fe?.

A mi juicio es básico, pero a su vez fundamental. Según hemos visto, cada paso que damos en general tiende a la descomposición del ser social. Hay una búsqueda constante hacia el individualismo.

El cristianismo es en sí una religión comunitaria.

Desde la comprensión bíblica de la fe, es imposible ser cristiano si uno no vive en comunidad, ya que es allí donde me siento desafiado por mi hermano, o el prójimo que se me acerca. Es allí donde Jesús me llama a servir. Si podemos entender esto y ponerlo en práctica, ya será un gran aporte y un motivo más que importante para tener esperanza. No nos podemos quedar ciegos y sordos ante la realidad que golpea a nuestra puerta y afecta a nuestra sociedad de la que somos parte.

Debemos entender estos nuevos procesos, asimilarlos, comprenderlos… y trabajar a partir de ellos haciendo una lectura actual del Evangelio, encarnada en la realidad que ha cambiado.

El Evangelio no es un libro de poesía, sino un texto que debe ser la base de la vida de los que creen en Jesús.

Ponerlo en práctica implica acompañar y contener a quienes más sufren y necesitan, esto es vivir y construir la comunidad. Si podemos hacer esto, estaremos aportando elementos para volver a construir ciertos valores sociales, como la solidaridad, la confianza, el amor, la entrega, el servicio desinteresado. Esto será sin dudas, un gran motivo para seguir teniendo esperanza de un mundo mejor.

Lic Eugenio Albrecht.

Pastor de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata (IERP)
Proyecto Buscando ser tierra fértil – Parroquia Oberá – Misiones


Gracias Eugenio!

Un abrazo
Walter Darío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario