lunes, 24 de mayo de 2010

LA MORAL

Por Carlos Wöllert

No hay moral sin el cumplimiento voluntario del deber.
La moral se cimienta en las normas, leyes y costumbres sociales sometidas al valor y se opone naturalmente a lo inmoral y lo amoral.
La moral es racionalidad universal continente de valores.
Tanto lo inmoral como lo amoral son indiferentes a los valores humanos, o los desprecia. Un intelecto puede llegar a ser un amoral.
Porque lo moral tiene sentimientos, mientras que lo anterior sólo tiene inteligencia.
Por tanto, una inteligencia sin moral se torna en aberración.

Si un ser humano se quedara en el mundo como único sobreviviente de un naufragio común, a pesar de sus sentimientos e inteligencia, la moral le tendría sin cuidado, porque la moralidad es un atributo de la sociedad humana.

Un gobernante que antepone los intereses del partido a los de su pueblo comete acto de inmoralidad.
El gobernante honesto consigo mismo y con el pueblo no olvida que las ciencias sociales y políticas le marcan el paso sin permitirle desviarse del camino de los valores. Por ello la amoralidad política cae inexorablemente en lo vergonzante e ignominioso. Cuando esto sucede, el pueblo, de buen testigo se erige en mejor juez; porque como decían los romanos: “la voz del pueblo es la voz de Dios”.

Todos los días el agobiado pueblo argentino recibe una nueva noticia que lo llena de asombro. Y así, de asombro en asombro, evalúa la crisis que ensombrece la vida institucional de la República.
Pero la capacidad del vaso de asombro popular no puede ser rebasada, a pesar de la sucesión de hechos cada vez más inverosímiles.

Mientras tanto, el sentido de humor de la gente no ha muerto.
Hemos oído decir que Argentina es un país privilegiado por Dios. Que supera incluso al propio huerto del Edén bíblico, puesto que aquí no hay caínes; que, por el contrario, en esta tierra bendita todos son inocentes y los que vienen de afuera se tornan automáticamente en ángeles. No importa si antes hayan sido lavadores de narcodólares o traficantes de armas. Pero lo único que en este país no se podía robar era un pedazo de pan, por haber sido desde siempre un alimento consagrado, y que no tenía ningún sentido el robo de pan, habiendo tantas reparticiones públicas donde poder “meter la mano en la lata” siempre con impunidad.

Otro pone de relieve su ingenio proponiendo un novedoso plan para sanear la economía nacional. Recortar el sueldo de estatales no tiene sentido moral. Así como hay impuestos que gravan los terrenos baldíos y campos inactivos, debería dictarse tributo al ciudadano inactivo; pues habiendo tantos desocupados, el Estado solucionaría de inmediato la crisis de saldos en rojo que afectan al Palacio de Economía.

Pero la realidad supera siempre a la fantasía. Cuando la moral de un pueblo se deteriora, lo increíble sucede.

Se cuenta que cuando Roma comenzaba a hundirse en la corrupción, un rico ciudadano romano montó un fructífero negocio: un bien organizado cuerpo de bomberos que, a fin de mantener el ritmo ágil del trabajo, ellos mismos provocaban incendios a los que luego acudían a apagar a cambio de gruesas sumas. Nosotros no nos hemos quedado atrás.
Incendiamos edificios públicos, no por ser piromaniacos, sino por razones misteriosas y broncas.
En ciertos organismos estatales se organizan para llevar a cabo sus negocios y contrabandos.
Delincuentes de alto vuelo son declarados inocentes y sobreseídos luego de dudosas investigaciones y puestos en libertad. Se desvían y esfuman montos siderales de los caudales públicos. Se vende silenciosamente armamento bélico en perjuicio de naciones beligerantes (Irak en guerra con Irán entre 1985 y 1988), faltando a nuestra dignidad, garante de proclamaciones de buenas relaciones y paz, entre otras cosas.

La moral es universal e inmutable, según el concepto filosófico. Pero el hombre, que recibió el Don primigeneo de la palabra, tiene a menudo la desgracia de perderla y perderse


Gracias Carlos!
Walter Darío

No hay comentarios:

Publicar un comentario