viernes, 13 de agosto de 2010

Documento de Benedicto XVI SI QUIERES PROMOVER LA PAZ, PROTEJE LA CREACIÓN

SI QUIERES PROMOVER LA PAZ,
PROTEGE LA CREACIÓN
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ


1 de enero de 2010
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

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Jornada Mundial de la Paz
Si quieres promover la Paz, protege la creación pág. 2

1. Con ocasión del comienzo del Año Nuevo, quisiera dirigir mis más fervientes deseos
de paz a todas las comunidades cristianas, a los responsables de las Naciones, a los
hombres y mujeres de buena voluntad de todo el mundo. El tema que he elegido para
esta XLIII Jornada Mundial de la Paz es: Si quieres promover la paz, protege la creación.
El respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que «la creación es el
comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios»1, y su salvaguardia se ha hecho
hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad. En efecto, aunque es cierto
que, a causa de la crueldad del hombre con el hombre, hay muchas amenazas a la paz y
al auténtico desarrollo humano integral —guerras, conflictos internacionales y
regionales, atentados terroristas y violaciones de los derechos humanos—,
no son
menos preocupantes los peligros causados por el descuido, e incluso por el abuso que se hace de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado
. Por este motivo, es
indispensable que la humanidad renueve y refuerce «esa alianza entre ser humano y
medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y
hacia el cual caminamos»

2. En la Encíclica Caritas in veritate he subrayado que
el desarrollo humano integral está
estrechamente relacionado con los deberes que se derivan de la relación del hombre con
el entorno natural,
considerado como un don de Dios para todos, cuyo uso comporta
una responsabilidad común respecto a toda la humanidad
, especialmente a los pobres y
a las generaciones futuras
. He señalado, además, que cuando se considera a la
naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del
determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad3. En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre. En efecto, podemos proclamar llenos de asombro con el Salmista: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?» (Sal 8,4‐5).
Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para reconocer el amor del Creador, ese amor que «mueve el
sol y las demás estrellas»4.

3. Hace veinte años, al dedicar el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz al tema Paz
con Dios creador, paz con toda la creación, el Papa Juan Pablo II llamó la atención sobre
la relación que nosotros, como criaturas de Dios, tenemos con el universo que nos
circunda.
«En nuestros días aumenta cada vez más la convicción —escribía— de que la
paz mundial está amenazada, también [...] por la falta del debido respeto a la
naturaleza»,
añadiendo que la conciencia ecológica «no debe ser obstaculizada, sino
más bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una adecuada
expresión en programas e iniciativas concretas»
5. También otros Predecesores míos

1 Catecismo de la Iglesia Católica, 198.
2 Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 7.
3 Cf. n. 48.
4 Dante Alighieri, Divina Comedia, Paraíso, XXXIII,145.
5 Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 1.
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habían hecho referencia anteriormente a la relación entre el hombre y el medio
ambiente.
Pablo VI, por ejemplo, con ocasión del octogésimo aniversario de la Encíclica
Rerum Novarum de León XIII, en 1971
, señaló que «debido a una explotación
inconsiderada de la naturaleza, [el hombre] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez
víctima de esta degradación»
. Y añadió también que, en este caso, «no sólo el ambiente
físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas
enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que el
hombre no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría
resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana
toda entera»6.

4. Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas específicas,
la Iglesia, «experta en
humanidad»,
se preocupa de llamar la atención con energía sobre la relación entre el
Creador, el ser humano y la creación
. En 1990, Juan Pablo II habló de «crisis ecológica» y,
destacando que ésta tiene un carácter predominantemente ético, hizo
notar «la urgente
necesidad moral de una nueva solidaridad»
7. Este llamamiento se hace hoy todavía más
apremiante ante las crecientes manifestaciones de una crisis, que sería
irresponsable no
tomar en seria consideración. ¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que
se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación,
el deterioro y la
pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de
las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales
extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el
creciente fenómeno de los llamados «prófugos ambientales», personas que deben
abandonar el ambiente en que viven —y con frecuencia también sus bienes— a causa de
su deterioro, para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado?
¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados
con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una
repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el
derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

5. No obstante, se ha de tener en cuenta que no se puede valorar la crisis ecológica
separándola de las cuestiones ligadas a ella, ya que está estrechamente vinculada al
concepto mismo de desarrollo y a la visión del hombre y su relación con sus semejantes
y la creación. Por tanto, resulta sensato hacer una revisión profunda y con visión de
futuro del modelo de desarrollo,
reflexionando además sobre el sentido de la economía y
su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones. Lo exige el estado de salud
ecológica del planeta
; lo requiere también, y sobre todo, la crisis cultural y moral del
hombre, cuyos síntomas son patentes desde hace tiempo en todas las partes del
mundo.8 La humanidad necesita una profunda renovación cultural; necesita redescubrir
esos valores que constituyen el fundamento sólido sobre el cual
construir un futuro
mejor para todos
. Las situaciones de crisis por las que está actualmente atravesando
—ya sean de carácter económico, alimentario, ambiental o social— son también, en el

6 Carta ap. Octogesima adveniens, 21.
7 Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990 1990, 10.
8 Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 32.
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fondo, crisis morales relacionadas entre sí. Éstas obligan a replantear el camino común
de los hombres. Obligan, en particular, a un
modo de vivir caracterizado por la sobriedad
y la solidaridad, con nuevas reglas y formas de compromiso, apoyándose con confianza y valentía en las experiencias positivas que ya se han realizado y rechazando con decisión las negativas
. Sólo de este modo la crisis actual se convierte en ocasión de
discernimiento y de nuevas proyecciones.

6. ¿Acaso no es cierto que en el origen de lo que, en sentido cósmico, llamamos
«naturaleza», hay «un designio de amor y de verdad»? El mundo «no es producto de
una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar [...]. Procede de la voluntad
libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y
de su bondad»9. El Libro del Génesis nos remite en sus primeras páginas al proyecto
sapiente del cosmos, fruto del pensamiento de Dios, en cuya cima se sitúan el hombre y
la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para «llenar la tierra» y
«dominarla» como
«administradores» de Dios mismo (cf. Gn 1,28). La armonía entre el
Creador, la humanidad y la creación que describe la Sagrada Escritura, se ha roto por el
pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de
Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia es que se ha
distorsionado también el encargo de «dominar» la tierra, de «cultivarla y guardarla», y
así surgió un conflicto entre ellos y el resto de la creación (cf. Gn 3,17‐19).
El ser humano
se ha dejado dominar por el
egoísmo
, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su
relación con la creación se ha comportado como
explotador
, queriendo ejercer sobre
ella un dominio absoluto
. Pero el verdadero sentido del mandato original de Dios,
perfectamente claro en el Libro del Génesis, no consistía en una simple concesión de
autoridad, sino más bien en
una llamada a la responsabilidad. Por lo demás, la sabiduría
de los antiguos reconocía que l
a naturaleza no está a nuestra disposición como si fuera
un «montón de desechos esparcidos al azar»
10, mientras que la Revelación bíblica nos ha
hecho comprender que la naturaleza es un don del Creador, el cual ha inscrito en ella su
orden intrínseco para que el hombre pueda descubrir en él las orientaciones necesarias
para «cultivarla y guardarla» (cf. Gn 2,15)11. Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo
ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el
contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo
suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza, «más bien tiranizada que
gobernada por él»12. Así, pues,
el hombre tiene el deber de ejercer un gobierno
responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola
13.
7.
Se ha de constatar por desgracia que numerosas personas, en muchos países y
regiones del planeta, sufren crecientes dificultades a causa de la negligencia o el rechazo
por parte de tantos a ejercer un gobierno responsable respecto al medio ambiente
. El
Concilio Ecuménico Vaticano II ha recordado que «Dios ha destinado la tierra y todo

9 Catecismo de la Iglesia Católica, 295.
10 Heráclito de Éfeso (535 a.C. ca. – 475 a.C. ca.), Fragmento 22B124, en H. Diels‐W. Kranz, Die Fragmente
der Vorsokratiker, Weidmann, Berlín19526.
11 Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 48.
12 Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 37.
13 Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 50.
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cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos»14. Por tanto,
la herencia
de la creación pertenece a la humanidad entera
. En cambio, el ritmo actual de
explotación pone en serio peligro la disponibilidad de algunos recursos naturales, no
sólo para la presente generación, sino sobre todo para las futuras
15. Así, pues, se puede
comprobar fácilmente que
el deterioro ambiental es frecuentemente el resultado de la
falta de proyectos políticos de altas miras o de la búsqueda de intereses económicos
miopes, que se transforman lamentablemente en una seria amenaza para la creación.

Para contrarrestar este fenómeno, teniendo en cuenta que
«toda decisión económica
tiene consecuencias de carácter moral»
16, es también necesario que la actividad
económica respete más el medio ambiente
. Cuando se utilizan los recursos naturales,
hay que preocuparse de su salvaguardia, previendo también sus costes —en términos
ambientales y sociales—, que han de ser considerados como un capítulo esencial del
costo de la misma actividad económica. Compete a la comunidad internacional y a los
gobiernos nacionales dar las indicaciones oportunas para contrarrestar de manera eficaz
una utilización del medio ambiente que lo perjudique. Para proteger el ambiente, para
tutelar los recursos y el clima, es preciso, por un lado, actuar respetando unas normas
bien definidas incluso desde el punto de vista jurídico y económico y, por otro, tener en
cuenta la solidaridad debida a quienes habitan las regiones más pobres de la tierra y a
las futuras generaciones.

8. En efecto, parece urgente lograr una leal solidaridad intergeneracional.
Los costes que
se derivan de la utilización de los recursos ambientales comunes no pueden dejarse a
cargo de las generaciones futuras: «Herederos de generaciones pasadas y
beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con
todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el
círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y beneficio para
todos, es también un deber. Se trata de una responsabilidad que las generaciones
presentes tienen respecto a las futuras, una responsabilidad que incumbe también a
cada Estado y a la Comunidad internacional»
17. El uso de los recursos naturales debería
hacerse de modo que las ventajas inmediatas no tengan consecuencias negativas para
los seres vivientes, humanos o no, del presente y del futuro; que la tutela de la
propiedad privada no entorpezca el destino universal de los bienes18; que la intervención
del hombre no comprometa la fecundidad de la tierra, para ahora y para el mañana.
Además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad
moral de una renovada solidaridad intrageneracional, especialmente en las relaciones
entre países en vías de desarrollo y aquellos altamente industrializados: «la comunidad
internacional tiene el deber imprescindible de encontrar los modos institucionales para
ordenar el aprovechamiento de los recursos no renovables, con la participación también
de los países pobres, y planificar así conjuntamente el futuro»
19. La crisis ecológica

14 Const. past. Gaudium et spes, 69.
15 Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 34.
16 Carta enc. Caritas in veritate, 37.
17 Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, 467;cf. Pablo VI, Carta
enc. Populorum progressio, 17.
18 Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 30‐31. 43.
19 Carta enc. Caritas in veritate, 49.
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muestra la urgencia de una solidaridad que se proyecte en el espacio y el tiempo. En
efecto, entre las causas de la crisis ecológica actual, es importante reconocer la
responsabilidad histórica de los países industrializados. No obstante, tampoco los países
menos industrializados, particularmente aquellos emergentes, están eximidos de la
propia responsabilidad respecto a la creación, porque el deber de adoptar gradualmente
medidas y políticas ambientales eficaces incumbe a todos. Esto podría lograrse más
fácilmente si no hubiera tantos cálculos interesados en la asistencia y la transferencia de
conocimientos y tecnologías más limpias.

9.
Es indudable que uno de los principales problemas que ha de afrontar la comunidad
internacional es el de los recursos energéticos, buscando estrategias compartidas y
sostenibles para satisfacer las necesidades de energía de esta generación y de las
futuras. Para ello, es necesario que las sociedades tecnológicamente avanzadas estén
dispuestas a favorecer comportamientos caracterizados por la sobriedad, disminuyendo
el propio consumo de energía y mejorando las condiciones de su uso. Al mismo tiempo,
se ha de
promover la búsqueda y las aplicaciones de energías con menor impacto
ambiental, así como la «redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera
que también los países que no los tienen puedan acceder a ellos
»20. La crisis ecológica,
pues, brinda una oportunidad histórica para elaborar una respuesta colectiva orientada
a
cambiar el modelo de desarrollo global siguiendo una dirección más respetuosa con la
creación y de un desarrollo humano integral, inspirado en los valores propios de la
caridad en la verdad
. Por tanto, desearía que se adoptara un modelo de desarrollo
basado en el papel central del ser humano, en la promoción y participación en el bien
común, en la responsabilidad, en la toma de conciencia de la necesidad de cambiar el
estilo de vida y en la prudencia, virtud que indica lo que se ha de hacer hoy, en previsión
de lo que puede ocurrir mañana
21.

10.
Para llevar a la humanidad hacia una gestión del medio ambiente y los recursos del
planeta que sea sostenible en su conjunto, el hombre está llamado a emplear su
inteligencia en el campo de la investigación científica y tecnológica y en la aplicación de
los descubrimientos que se derivan de ella.
La «nueva solidaridad» propuesta por Juan
Pablo II en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 199022, y la «solidaridad
global», que he mencionado en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 200923,
son actitudes esenciales para orientar el compromiso de tutelar la creación, mediante un
sistema de gestión de los recursos de la tierra mejor coordinado en el ámbito
internacional, sobre todo en un momento en el que va apareciendo cada vez de manera
más clara la
estrecha interrelación que hay entre la lucha contra el deterioro ambiental y
la promoción del desarrollo humano integral. Se trata de una dinámica imprescindible,
en cuanto «el desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario
de la humanidad»
24. Hoy son muchas las oportunidades científicas y las potenciales vías
innovadoras, gracias a las cuales se pueden obtener soluciones satisfactorias y

20 Ibíd.
21 Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II‐II, q. 49, 5.
22 Cf. n. 9.
23 Cf .n. 8.
24 Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 43.
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armoniosas para la relación entre el hombre y el medio ambiente. Por ejemplo,
es
preciso favorecer la investigación orientada a determinar el modo más eficaz para
aprovechar la gran potencialidad de la energía sola
r. También merece atención la
cuestión, que se ha hecho planetaria, del agua y el sistema hidrogeológico global, cuyo
ciclo tiene una importancia de primer orden para la vida en la tierra, y cuya estabilidad
puede verse amenazada gravemente por los cambios climáticos. Se han de explorar,
además, estrategias apropiadas de desarrollo rural centradas en los pequeños
agricultores y sus familias, así como es preciso preparar políticas idóneas para la gestión
de los bosques, para el tratamiento de los desperdicios y para la valorización de las
sinergias que se dan entre los intentos de contrarrestar los cambios climáticos y la lucha
contra la pobreza. Hacen falta políticas nacionales ambiciosas, completadas por un
necesario compromiso internacional que aporte beneficios importantes, sobre todo a
medio y largo plazo. En definitiva, es necesario superar la lógica del mero consumo para
promover formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la
creación y satisfagan las necesidades primarias de todos. La cuestión ecológica no se ha
de afrontar sólo por las perspectivas escalofriantes que se perfilan en el horizonte a
causa del deterioro ambiental; el motivo ha de ser sobre todo la búsqueda de una
auténtica solidaridad de alcance mundial, inspirada en los valores de la caridad, la
justicia y el bien común
. Por otro lado, como ya he tenido ocasión de recordar, «la
técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus
aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación
gradual de ciertos condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta en el
mandato de
cultivar y guardar la tierra (cf. Gn 2,15), que Dios ha confiado al hombre, y
se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar
el amor creador de Dios»25.
11. Cada vez se ve con mayor claridad que el tema del deterioro ambiental cuestiona los
comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida y los modelos de consumo
y producción actualmente dominantes, con frecuencia insostenibles desde el punto de
vista social, ambiental e incluso económico. Ha llegado el momento en que resulta
indispensable un cambio de mentalidad efectivo, que lleve a todos a adoptar nuevos
estilos de vida, «a tenor de los cuales,
la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien,
así como la comunión con los demás hombres para un desarrollo común, sean los
elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las
inversiones»
26. Se ha de educar cada vez más para construir la paz a partir de opciones
de gran calado en el ámbito personal, familiar, comunitario y político.
Todos somos
responsables de la protección y el cuidado de la creación. Esta responsabilidad no tiene
fronteras.
Según el principio de subsidiaridad, es importante que todos se comprometan
en el ámbito que les corresponda, trabajando para superar el predominio de los
intereses particulares
. Un papel de sensibilización y formación corresponde
particularmente a los diversos sujetos de la sociedad civil y las Organizaciones no
gubernativas, que se mueven con generosidad y determinación en favor de una
responsabilidad ecológica, que debería estar cada vez más enraizada en el
respeto de la

25 Carta enc. Caritas in veritate, 69.
26 Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 36.
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«ecología humana». Además, se ha de requerir la responsabilidad de los medios de
comunicación social en este campo, con el fin de proponer modelos positivos en los que
inspirarse
. Por tanto, ocuparse del medio ambiente exige una visión amplia y global del
mundo;
un esfuerzo común y responsable para pasar de una lógica centrada en el
interés nacionalista egoísta
a una perspectiva que abarque siempre las necesidades de
todos los pueblos
. No se puede permanecer indiferentes ante lo que ocurre en nuestro
entorno, porque la degradación de cualquier parte del planeta afectaría a todos
. Las
relaciones entre las personas, los grupos sociales y los Estados, al igual que los lazos
entre el hombre y el medio ambiente, están llamadas a asumir el estilo del respeto y de
la «caridad en la verdad»
. En este contexto tan amplio, es deseable más que nunca que
los esfuerzos de la comunidad internacional por lograr un desarme progresivo y un
mundo sin armas nucleares, que sólo con su mera existencia amenazan la vida del
planeta, así como por un proceso de desarrollo integral de la humanidad de hoy y del
mañana, sean de verdad eficaces y correspondidos adecuadamente.
12.
La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de
ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones
de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la
destrucción de sí mismo. En efecto,
la degradación de la naturaleza está estrechamente
relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que «cuando se
respeta la “ecología humana” en la sociedad, también la ecología ambiental se
beneficia»
27. No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se
les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza
es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y
social28.
Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación de una responsabilidad ecológica que, como he dicho en la Encíclica Caritas in veritate, salvaguarde una auténtica «ecología humana» y, por tanto, afirme con
renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en
cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible
misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la
naturaleza
.29 Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este
patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que
fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación.

13. Tampoco se ha de olvidar el hecho, sumamente elocuente, de que
muchos
encuentran tranquilidad y paz, se sienten renovados y fortalecidos, al estar en contacto
con la belleza y la armonía de la naturaleza.
Así, pues, hay una cierta forma de
reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros.

Por otro lado, una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente
no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona
misma. El Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo

27 Carta enc. Caritas in veritate, 51.
28 Cf. ibíd., 15. 51.
29 Cf. ibíd., 28. 51. 61; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 38.39.
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que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción
elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres
vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del
hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la «dignidad» de todos los seres
vivientes. Se abre así paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace
derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido
puramente naturalista. La Iglesia invita en cambio a plantear la cuestión de manera
equilibrada, respetando la «gramática» que el Creador ha inscrito en su obra, confiando
al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del
que ciertamente no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar. En efecto,
también la posición contraria de
absolutizar la técnica y el poder humano termina por
atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad
humana
30.

14.
Si quieres promover la paz, protege la creación. La búsqueda de la paz por parte de
todos los hombres de buena voluntad se verá facilitada sin duda por el reconocimiento
común de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la
creación
. Los cristianos ofrecen su propia aportación, iluminados por la divina
Revelación y siguiendo la Tradición de la Iglesia. Consideran el cosmos y sus maravillas a
la luz de la obra creadora del Padre y de la redención de Cristo, que, con su muerte y
resurrección, ha reconciliado con Dios «todos los seres: los del cielo y los de la tierra»
(Col 1,20). Cristo, crucificado y resucitado, ha entregado a la humanidad su Espíritu
santificador, que guía el camino de la historia, en espera del día en que, con la vuelta
gloriosa del Señor, serán inaugurados «un cielo nuevo y una tierra nueva» (2 P 3,13), en
los que habitarán por siempre la justicia y la paz. Por tanto,
proteger el entorno natural
para construir un mundo de paz es un deber de cada persona
. He aquí un desafío
urgente que se ha de afrontar de modo unánime con un renovado empeño; he aquí una
oportunidad providencial para
legar a las nuevas generaciones la perspectiva de un
futuro mejor para todos
. Que los responsables de las naciones sean conscientes de ello,
así como los que, en todos los ámbitos, se interesan por el destino de la humanidad: la
salvaguardia de la creación y la consecución de la paz son realidades íntimamente
relacionadas entre sí
. Por eso, invito a todos los creyentes a elevar una ferviente oración
a Dios, Creador todopoderoso y Padre de misericordia, para que en el corazón de cada
hombre y de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento:
Si quieres promover la paz, protege la creación.
Vaticano, 8 de diciembre de 2009
BENEDICTUS PP. XVI
30 Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 70.

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