domingo, 14 de junio de 2009

EL VIAJERO

APENAS UNA POBRE DEMOCRACIA

Veinticinco años después, los argentinos asistimos a un triste espectáculo en el escenario político del país. Los actores que nos representan en la gran obra desplegada ante nuestros ojos, no son otra cosa más que los monstruos que nosotros mismos hemos engendrado luego de un cuarto de siglo cuyos frutos supimos conseguir, pues como ya se sabe, siempre se cosecha lo que se siembra, aunque hayan sido cuarenta millones de sembradores.

Hace tan solo unas pocas semanas, varios miles de argentinos, de las más diversas ideologías, ricos, pobres y no tan pobres, acudieron a despedir los restos de un ex presidente. Esa multitud de argentinos dejó un claro mensaje: no importan los errores en materia política o económica que él, Raúl Alfonsín, pudo haber cometido.

Lo que importa es el mensaje, triste para el país, que tal vez sin quererlo, expresó esa misma gente: ¡en veinte años, ningún dirigente o gobernante nacional ha tenido su altura moral, por eso lo admiramos, porque después de él, nadie se fue de un cargo público sin ser denunciado luego por corrupción! Conclusión: luego de veinticinco años la Argentina ( y sigo resistiéndome a llamarla República), solo fue capaz de involucionar.

¿Y puede un sistema socio político como una democracia, avanzar, crecer, desarrollarse, sin evolución?Veinticinco años después, los problemas argentinos ya no son solo económicos.
El estado es una argamasa compuesta por la fusión y la mezcla casi impúdica de sus tres poderes. Entonces surgen en el horizonte irritantes dilemas como: la política está judicializada, o, peor aún, la justicia está politizada o contaminada con las manos negras del poder de turno.

Y los jueces que ya no son jueces de la gente, sino jueces de las corporaciones, tanto privadas como gubernamentales, solo atinan a justificar lo injustificable convirtiéndose en mediáticos voceros de lo que no debe ser, pero es.Veinticinco años después, cosechamos los frutos de las semillas del "y qué le vacha cher", del "no te metás" y del no menos popular "yo, argentino". Hubiera deseado no tener que escribir jamás esta afirmación: veinticinco años después, somos un pobre país con apenas una pobre democracia.

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